El Camino de Santiago a la luz de Joseph Campbell (y de C. Zalone)

La experiencia de hacer el Camino, ¿no es una reedición del Viaje del Héroe de J. Campbell?

En una entrada anterior propuse leer el Camino de Santiago como una forma de storyliving, una narrativa encarnada que se camina con el cuerpo, el alma y la comunidad. En este nuevo texto me gustaría dar un paso más: indagar en la estructura profunda de esa experiencia, desde una perspectiva simbólica y mitopoética. Nada de teorías aburridas: acabo de ver Buen Camino de Checco Zalone, que espero que pronto podamos disfrutar en español :) Aunque me imagino que su “cammino di Maranello, più comodo e più bello” perderá la gracia cuando se traduzca.

Resulta difícil identificar el personaje principal con un héroe (con peluquín), pero para captar la trama resulta imprescindible volver sobre la figura de Joseph Campbell, mitólogo y estudioso de las religiones comparadas, cuya teoría del monomito —popularizada como “Viaje del Héroe”— ha tenido una influencia decisiva tanto en los estudios de narrativa como en la cultura popular contemporánea.

Según Campbell, muchas de las grandes historias de transformación comparten una estructura narrativa subyacente. Se trata de un patrón que comienza con un llamado a la aventura, seguido por una partida del mundo ordinario, un conjunto de pruebas y encuentros iniciáticos, una revelación o iluminación, y finalmente un regreso con un “don” que puede ser compartido con la comunidad.

Este esquema no debe entenderse como una fórmula rígida, sino como un mapa simbólico del proceso humano de transformación, una metáfora estructural que nos permite leer experiencias vitales desde una clave arquetípica.

Cuando aplicamos esta estructura al Camino de Santiago, los paralelismos resultan reveladores.

El llamado rara vez es explícito. En muchos casos es una intuición interior: “necesito caminar”, “tengo que salir”, “algo se ha roto y no sé cómo repararlo”. No necesariamente religioso, pero sí profundamente existencial.

La partida implica un desarraigo: dejar atrás las seguridades, los hábitos cotidianos, los referentes conocidos. El peregrino cruza un umbral simbólico al abandonar el mundo ordinario para entrar en el espacio incierto del Camino, donde el tiempo, las relaciones y la identidad misma se reconfiguran.

Durante la marcha, surgen las pruebas: el dolor físico, la intemperie, el cansancio, pero también los encuentros inesperados, la hospitalidad gratuita, la sincronicidad inexplicable. Estas pruebas no son solo obstáculos: son umbrales de aprendizaje. Son momentos liminales donde el sujeto es confrontado consigo mismo.

La revelación, en el contexto del Camino, suele ser discreta, no espectacular. Puede tomar la forma de una palabra que cobra nuevo sentido, de una paz interior que emerge, de una mirada transformada. No es un conocimiento doctrinal, sino un saber encarnado.

Y finalmente, el regreso: volver al mundo ordinario no como quien ha terminado un viaje, sino como quien ha sido tocado por una experiencia que reconfigura su forma de estar en el mundo. El “don” que se trae de vuelta no siempre puede formularse, pero sí compartirse: presencia, escucha, compasión.

… y con permiso de Zalone

Así que quitando las florituras, Buen Camino, de Checco Zalone reproduce el viaje del héroe – con el “toque” italiano de reírse despiadadamente de ello. El protagonista, heredero de un imperio de sofás (símbolo perfecto de la pasividad y el confort), parte al Camino para “rescatar” a su hija adolescente, sin comprender realmente qué busca ni por qué ella ha elegido caminar.

A lo largo de los 800 kilómetros, el personaje es progresivamente despojado de su narcisismo, su privilegio y su control. Pero no por grandes discursos o revelaciones místicas, sino por la experiencia del Camino mismo: sus ampollas, sus silencios, su dureza compartida.

Lo notable del filme es que, sin abandonar el humor, logra capturar el núcleo simbólico del Camino: su capacidad para producir transformación sin imponerla, para proponer un relato abierto, plural, donde cada quien —como el héroe mítico— es confrontado consigo mismo y, si lo permite, también sanado.

Como mostró Joseph Campbell al identificar la estructura del Viaje del Héroe, presente en narrativas tan influyentes como la saga Star Wars, este modelo narrativo sigue vigente por su capacidad de representar simbólicamente experiencias de cambio interior. El Camino de Santiago, en su dimensión física y simbólica, constituye una expresión contemporánea de esa lógica narrativa. Y la película de Zalone, desde el lenguaje de la comedia, confirma que incluso hoy, los viajes del héroe (aunque sea a su pesar) y los relatos de transformación —cuando se presentan con honestidad— siguen tocando una fibra universal.

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