La lección de Puñales por la Espalda 3

La arquitectura religiosa es, en sí, storytelling

- La arquitectura sí que me interesa. Siento la majestuosidad, el misterio, el efecto emocional pretendido. Y es como si alguien me hubiera mostrado una historia que no termino de creerme. Se cimienta sobre la promesa vacía de un cuento infantil lleno de malevolencia, misoginia, homofobia y sus injustificados e inenarrables actos de violencia y crueldad, mientras todavía oculta sus actos vergonzosos que aún persisten. Y como una mula malhumorada dando coces, quiero abrirla en canal y reventar su pérfida burbuja de convicción para llegar a una verdad que pueda digerir sin atragantarme… Los detalles de las vigas están muy logrados, eso sí. Oiga, si quiere echarme a patadas, ya puede empezar. (...)

- Tiene razón. Todo es narrativa. Y esta iglesia no es medieval, es el estado de Nueva York. Esta es neogótica, del siglo XIX. Tiene más en común con Disneylandia que con Notre Dame. Y los ritos y rituales, las vestimentas, todo es narrativa. Tiene razón... Supongo que la cuestión es: ¿Estas historias nos convencen de una mentira o apelan a algo muy profundo en nosotros que en el fondo es verdad y que no podemos expresar de ningún otro modo que no sea la narrativa?

- Touché, padre.

Este es el impagable regalo de estas pasadas Navidades: en Knives Out 3, el diálogo entre el famoso detective Benoit Blanc y Jud Duplenticy, un cura acusado de asesinato, sobre lo que se siente al entrar en una iglesia. Tranquilos, no hago spoiler.

En nuestra época, producto ya caducado de la Ilustración, seguimos exigiendo que la verdad sea verificable, medible, comprobable. Bajo ese paradigma, muchas narrativas religiosas son descartadas como ficciones superadas, mitologías sin peso en la balanza de lo real.

Pero existe otro tipo de verdad: la verdad narrativa, la verdad simbólica. Una verdad que no se prueba, sino que se habita. Que no se demuestra, sino que se encarna.

El storytelling —especialmente el sagrado— nace de una necesidad humana: la de contar aquello que no puede decirse de forma directa. Cuando el dolor, el asombro o el misterio exceden los márgenes del discurso racional, entra en juego la narrativa. No para explicar, sino para dar forma, contorno, cuerpo.

Y aquí entra el lugar sagrado. La iglesia neogótica que observa el detective no es simplemente un edificio. Es un escenario simbólico: una arquitectura diseñada para albergar una narrativa que, desde siglos atrás, articula ritos, gestos, objetos, silencios y palabras.

Los vitrales, el incienso, los altares, los cánticos, las vestiduras... todo coopera para que esa historia se vuelva experiencia. Como en todo buen relato, los elementos no están ahí solo para ser vistos, sino para ser sentidos, vividos, recorridos con el cuerpo y la imaginación. El templo es una forma de storytelling en tres dimensiones.

En este sentido, el storytelling religioso no es una pedagogía del dogma, sino un arte de lo inefable. No impone respuestas, sino que sugiere caminos. No define lo real, sino que ofrece imágenes para habitar lo invisible. La liturgia no es mera repetición, sino representación simbólica: una dramaturgia ritual que nos permite nombrar lo innombrable.

El riesgo no es solo perder la fe, sino perder el lenguaje. Las grandes narrativas religiosas no solo ofrecían dogmas: ofrecían formas de contar lo que no sabemos decir. Y en esa forma de contar, encontramos consuelo, estructura, compañía. El storytelling sagrado es, en el fondo, una tecnología simbólica para estructurar sentido, dolor, gozo y esperanza.

Quizás por eso seguimos regresando, aunque sea con ironía o escepticismo, a estas estructuras simbólicas. Quizás no porque las creamos literalmente, sino porque nos siguen diciendo algo que no sabríamos decir de otro modo, algo que solo puede decirse en forma de historia.

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