Canon y fandom: el storytelling religioso en clave transmedia
Las raíces son la tradición, los textos el canon, y las ramas, el fandom
En el post anterior analizábamos la transformación estructural del modelo comunicativo religioso: del esquema vertical, centrado en la autoridad interpretativa, a una ecología narrativa distribuida donde el creyente participa activamente en la producción de sentido.
Para comprender mejor esta mutación, puede resultar útil recurrir a una categoría procedente de la teoría de la narrativa transmedia, especialmente desarrollada por Henry Jenkins: la distinción entre canon y fandom dentro de los universos narrativos contemporáneos. Puede parecer una pirueta, pero creo que de esta relación y convivencia canon-fandom se puede aprender mucho a la hora de afrontar la presencia de lo religioso en las redes.
¿Qué llamamos canon?
En los sistemas transmedia, el canon designa el conjunto de contenidos oficialmente reconocidos como parte legítima de la historia. Es lo que consideramos “canónico” en una historia: Los acontecimientos fundacionales, los personajes centrales, las reglas del mundo narrativo y los límites de continuidad. El canon ofrece estabilidad, coherencia e identidad al universo narrativo.
Trasladado al ámbito religioso, el canon estaría constituido por los textos fundacionales, las formulaciones doctrinales, la tradición interpretativa y las prácticas litúrgicas reconocidas. Durante siglos, la institución no solo custodió ese núcleo narrativo, sino que reguló sus condiciones de interpretación.
Para entendernos, en términos de storytelling, el modelo tradicional de la comunicación religiosa privilegiaba la estabilidad del canon y limitaba la expansión periférica. Pero llegan las redes sociales… y con ella el reino del fandom.
¿Qué llamamos fandom?
Según Jenkins, los universos narrativos contemporáneos no se agotan en su producción oficial. Generan comunidades activas que expanden la historia mediante reinterpretaciones, comentarios, producciones derivadas y debates. Ese espacio participativo es el fandom.
El fandom no necesariamente niega el canon; interactúa con él. Lo amplía, lo tensiona, lo resignifica.
La cultura digital ha intensificado esta lógica también en el ámbito religioso. Los creyentes producen contenidos, comparten testimonios, reinterpretan símbolos, generan comunidades virtuales en torno a líderes o sensibilidades específicas. Funcionalmente, operan como un fandom activo: participan en la expansión narrativa del núcleo doctrinal.
La diferencia crucial es que aquí no se trata de ficción, sino de marcos de sentido existencial. Sin embargo, desde el punto de vista estructural, la dinámica es comparable: un núcleo narrativo relativamente estable convive con una expansión producida por la comunidad.
Una tensión normal
En todo ecosistema transmedia existe una tensión constitutiva entre canon y fandom. Si el canon se rigidiza en exceso, pierde capacidad de resonancia cultural. Si el fandom se desvincula completamente del canon, el universo narrativo se fragmenta hasta volverse irreconocible. Pues eso es, exactamente, lo que pasa en la comunicación de lo religioso, y no hay que asombrarse.
La digitalización no ha creado esta tensión en el ámbito religioso, pero la ha hecho visible y estructuralmente ineludible. La producción narrativa ya no puede ser completamente contenida; circula en red, se comenta, se amplifica y se disputa públicamente, lo quieran las instituciones religiosas o no.
La pregunta estratégica ya no es cómo suprimir la expansión —algo inviable—, sino cómo articularla con el núcleo narrativo sin diluirlo.
Desde esta perspectiva, la función de la institución se redefine. No se trata únicamente de defender el canon frente a la proliferación interpretativa, sino de gestionar un ecosistema narrativo complejo. Proteger el canon dejando existir el fandom, para decirlo en breve.
Esto implica:
Clarificar los elementos nucleares del relato.
Ofrecer marcos hermenéuticos que orienten la expansión.
Reconocer que la participación puede fortalecer el universo narrativo si mantiene vínculos reconocibles con el canon.
La autoridad religiosa ya no opera exclusivamente como control, sino como curaduría, acompañamiento y articulación simbólica.
En resumen…
Leída en clave transmedia, la emergencia del prosumer religioso no constituye únicamente una amenaza de fragmentación, sino también un indicador de vitalidad narrativa. Solo los universos narrativos vivos generan participación activa. El reto contemporáneo no es elegir entre canon o fandom, sino comprender que ambos forman parte de la misma ecología narrativa.
Si en el anterior post señalaba que el relato ya no desciende exclusivamente desde el púlpito, aquí podemos añadir que tampoco puede sostenerse sin un núcleo reconocible. Entre estabilidad y expansión se juega hoy el equilibrio del storytelling religioso.
En el siguiente post profundizaremos en esta analogía y exploraremos hasta qué punto puede pensarse la religión como un auténtico universo narrativo transmedia.