Del púlpito a la red: transformación del modelo comunicativo religioso
La comunicación religiosa ha cambiado para siempre
Durante siglos, la comunicación religiosa se articuló en torno a un modelo predominantemente vertical. La institución custodiaba el relato fundacional; la autoridad legítima lo interpretaba; la comunidad lo recibía y lo encarnaba. Es así con todas las religiones institucionalizadas.
Este esquema no respondía únicamente a la estructura del proceso comunicativo, sino a una determinada concepción del relato sagrado. La narrativa religiosa era entendida como depósito de verdad revelada, cuya transmisión requería continuidad, coherencia y control hermenéutico. La liturgia, la predicación y la catequesis no solo comunicaban contenidos doctrinales; organizaban simbólicamente la experiencia colectiva y regulaban la producción de sentido.
Desde el punto de vista del storytelling (el que nos ocupa), nos encontramos ante un modelo de narrativa centralizada: un núcleo estable, mediadores autorizados y una comunidad receptora cuya participación estaba estructuralmente delimitada.
Conviene subrayar que esta centralización nunca fue absoluta. Las tradiciones religiosas siempre conocieron tensiones interpretativas, corrientes internas y formas de apropiación comunitaria del relato. Sin embargo, la arquitectura general del sistema descansaba en un centro interpretativo fuerte y en una circulación relativamente controlada del sentido.
Pero la irrupción de la cultura digital ha alterado profundamente esta arquitectura comunicativa. No se trata simplemente de la incorporación de nuevos canales, sino de una modificación estructural del ecosistema narrativo. Todo indica que el modelo anterior difícilmente podrá restablecerse en las condiciones culturales actuales. La nostalgia puede ser comprensible, pero no constituye una estrategia.
El concepto de prosumer, formulado por Alvin Toffler, describe la convergencia entre producción y consumo en las sociedades postindustriales. El sujeto ya no es únicamente receptor de contenidos, sino también productor, remezclador y difusor. Esta lógica, ampliamente estudiada en comunicación y marketing, adquiere implicaciones particularmente significativas en el ámbito religioso.
La digitalización ha desintermediado la producción narrativa. Blogs, plataformas de vídeo y redes sociales permiten que los creyentes formulen públicamente interpretaciones, testimonios y lecturas alternativas sin necesidad de validación institucional previa. El relato deja de fluir exclusivamente desde el centro hacia la periferia y comienza a circular en múltiples direcciones.
No estamos ante un simple cambio de soporte tecnológico, sino ante una mutación estructural del modelo narrativo:
De la centralización a la descentralización.
De la transmisión unidireccional a la interacción en red.
De la autoridad interpretativa concentrada a la pluralización hermenéutica.
La dimensión participativa nunca fue completamente ajena a la experiencia religiosa. El testimonio, la tradición oral, la exégesis comunitaria y la transmisión familiar siempre implicaron formas de apropiación narrativa. Sin embargo, esas prácticas operaban dentro de marcos regulados y con visibilidad limitada. Lo que se decía en el ámbito local rara vez trascendía sus fronteras inmediatas.
La novedad contemporánea reside en la escala, la velocidad y la publicidad de la producción narrativa. El creyente no solo actualiza el relato en su biografía; lo expone en el espacio público digital, donde puede ser comentado, amplificado o contestado desde cualquier punto del planeta. Los referentes espirituales pueden encontrarse a miles de kilómetros, y una comunidad virtual puede superar —o fragmentar— a la comunidad física que se reúne en el templo.
Desde la perspectiva del storytelling, asistimos así a una reconfiguración de la autoridad narrativa. El relato religioso ya no es únicamente transmitido; es co-producido. La comunidad deja de ocupar exclusivamente el lugar de audiencia para situarse también en el de emisor.
Y aquí emerge el verdadero punto de tensión: no está en juego únicamente el control del mensaje, sino la forma misma en que se construye el sentido compartido. Cuando la producción narrativa se distribuye en red, la identidad comunitaria ya no depende solo de un centro interpretativo fuerte, sino de una negociación constante entre múltiples voces.
Comprender esta transición no implica valorar de inmediato sus consecuencias, sino reconocer que la ecología narrativa de lo sagrado ha cambiado. El relato ya no desciende exclusivamente desde el púlpito: circula en red. Y ese desplazamiento transforma no solo cómo se comunica la fe, sino cómo se construye el relato religioso.
En un segundo post abordaré las implicaciones y las oportunidades que esta transformación abre para el storytelling religioso contemporáneo, si se construye en la perspectiva adecuada.