La Odisea de Nolan: el héroe que perdió el control de su propia historia
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Fui a ver La Odisea de Christopher Nolan el otro día, como creo que ha hecho prácticamente todo el mundo. Esperaba encontrarme con la habitual maestría de Nolan para convertir una historia en un puzzle y jugar con el tiempo, como hizo en Memento, o Inception. Y, para mi sorpresa, resultó que Nolan no retuerce especialmente La Odisea, sino que decide contarla siguiendo bastante de cerca la propia lógica narrativa de Homero: empieza con Telémaco y la situación en Ítaca, nos presenta a Ulises prisionero de Calipso, recupera después la historia de sus aventuras y finalmente lo devuelve a casa, donde tendrá que enfrentarse a los pretendientes de Penélope.
El propio Nolan, que se ha distinguido durante décadas por ser uno de los grandes maestros contemporáneos de la no linealidad, reconocía algo que, parafraseando yo a Chesterton, podríamos resumir así: su descubrimiento genial ya se había hecho casi tres mil años antes. Porque La Odisea original tampoco cuenta cronológicamente el viaje de Ulises: Cuando comienza el poema, Troya pertenece al pasado, Odiseo lleva años desaparecido y Telémaco está buscando noticias de su padre.
Las aventuras que normalmente identificamos con La Odisea —el cíclope, Circe, el descenso al Hades, las sirenas— aparecen después, cuando el propio Odiseo las relata a los feacios. Es decir: Homero ya empieza in medias res, oculta una enorme parte de la historia y después permite que sea el propio protagonista quien rellene los huecos.
Por eso el verdadero aporte de Nolan no está, al menos para mí, en la estructura narrativa. Está en otra cosa bastante más interesante: en la deconstrucción del héroe.
Reconozco que no me convencía inicialmente la elección de Matt Damon. Es un actor especialmente bueno mostrando el tormento interior de un personaje sin necesidad de hablar demasiado, así que no terminaba de verlo como el Ulises astuto, orgulloso, manipulador y extraordinariamente consciente de su propia fama que conocemos en Homero. Cuando vi la película lo entendí: Para el giro que Nolan ha dado al personaje, Matt Damon tiene todo el sentido.
Lo primero que sorprende es la enorme distancia entre el Odiseo activo e inteligente de Homero —capaz de engañar, manipular, inventarse identidades y contar sus propias aventuras de la manera que más le conviene— y el Odiseo hundido y derrotado de Nolan, que utiliza el loto precisamente para no tener que enfrentarse a aquello que recuerda.
A nivel narrativo, es una de las decisiones más interesantes de la película: El Odiseo de Homero controla su propio relato. El de Nolan despierta dentro de un relato que otros han construido sobre él. Mientras otros cantan sus hazañas como las de un héroe maravilloso, esposo ejemplar, padre esperado y rey destinado a regresar para poner orden, él se dedica a recoger en la playa los restos dispersos de un naufragio (la imagen es casi demasiado perfecta: está recogiendo los restos de sí mismo).
Mientras este Odiseo no recuerda, se puede sentir como víctima de los dioses. Pero al recordar, empieza a verse como responsable. Cada fragmento de memoria que recupera no solo le recuerda lo que sufrió, sino también lo que hizo. Y descubre que aquello por lo que su nombre se convirtió en leyenda —su golpe de genio con el caballo de Troya— es también el origen de su ruina moral.
Los dioses dejan entonces de ser únicamente fuerzas caprichosas que castigan al hombre. Atenea, especialmente, funciona muchas veces casi como una voz de la conciencia que obliga a Odiseo a mirar allí donde preferiría no mirar.
La desheroización del héroe
Campbell habla del viaje del héroe como una historia en la que el protagonista aumenta progresivamente su capacidad para actuar sobre el mundo: abandona su espacio conocido, atraviesa pruebas, aprende, desciende a algún tipo de infierno, supera una prueba definitiva y regresa transformado.
Nolan invierte durante buena parte de la película ese proceso: le quita precisamente esa capacidad de actuación. El hombre famoso por controlar las situaciones gracias a su inteligencia aparece ahora arrastrado por fuerzas que no domina: la guerra, el mar, los dioses, los monstruos, el deseo, las drogas, los recuerdos y, sobre todo, la culpa.
Homero no convierte la destrucción de Troya en el núcleo dramático del viaje de Odiseo. Nolan sí. El trauma bélico, la culpa y las consecuencias morales de la estratagema del caballo pasan a convertirse en una de las claves del personaje. Y ahí está, para mí, una de las mejores ideas de la película: Nolan convierte al héroe de Troya en el hombre que tiene que vivir con las consecuencias de haber sido el héroe de Troya.
Cada recuerdo acerca a Odiseo un poco más a Ítaca, pero también le acerca a la verdad sobre sí mismo. Y esto sí que es “marca Nolan”: el espectador va descubriendo la verdad al mismo tiempo que el protagonista. Como en Memento, la película no organiza los acontecimientos únicamente según cuándo sucedieron, sino según cuándo necesitamos comprenderlos.
Volver a Ítaca ya no significa lo mismo
Y entonces Odiseo regresa a su casa. Y Nolan recupera la narración clásica: reencuentro con Telémaco, concurso del arco, matanza de los pretendientes, reconocimiento de Penélope. Pero este regreso a casa ya no es el mismo que en Homero. Este Odiseo ya no puede regresar simplemente a Ítaca, sentarse de nuevo en el trono y continuar su vida como si los veinte años anteriores hubieran sido únicamente una colección de aventuras.
Por eso la renuncia final tiene tanto sentido. Odiseo abdica en favor de Telémaco y vuelve a marcharse con Penélope. No porque haya fracasado en su regreso, sino precisamente porque ha comprendido que el regreso no es recuperar el reino, sino a Penélope, y reconciliarse con lo que ha hecho.
Nolan no elimina completamente el viaje del héroe: lo interrumpe, lo vacía y después lo reconstruye sobre otras bases. Seguramente esta es la verdadera Odisea de Nolan: no en conseguir regresar a casa, sino en descubrir cómo puede regresar sabiendo quién ha sido.