Cuando el problema no es el medio, sino la forma de contar

Lo religioso se expresa desde siempre en muchos lenguajes distintos

En los últimos años, muchos comunicadores religiosos han hecho un esfuerzo notable por adaptarse al entorno digital. Conviene reconocerlo desde el principio: hay iniciativas muy valiosas, proyectos bien pensados y no pocos casos de éxito que demuestran que la comunicación de lo religioso en redes no solo es posible, sino también fecunda.

Este post, en línea con el anterior, no pretende, por tanto, ser una crítica, sino una invitación a la reflexión. Precisamente porque hay tanto trabajo valioso en marcha, merece la pena detenerse a pensar si el desafío al que nos enfrentamos es únicamente técnico – de formatos, canales o herramientas – o si, en realidad, es más profundo.

Porque quizá el problema no consista simplemente en adaptar contenidos a nuevos medios, sino en comprender que el entorno digital introduce una transformación en la propia lógica narrativa. No estamos solo ante un cambio de canal; estamos ante un cambio de ecosistema.

Más allá del medio: una transformación de la experiencia

Desde los trabajos de Marshall McLuhan sabemos que los medios no son meros instrumentos neutros, sino entornos que configuran la percepción y la experiencia. Su conocida afirmación —“the medium is the message”— apunta a que el medio no solo transmite contenido, sino que condiciona la forma en que ese contenido es comprendido y vivido.

👉 https://www.media-studies.ca/articles/mcluhan.htm

En la misma línea, Henry Jenkins ha mostrado que el paso a un ecosistema digital no implica únicamente multiplicar los canales de difusión, sino transformar la manera en que las historias se construyen, se distribuyen y se experimentan.

👉 https://henryjenkins.org/blog/2007/03/transmedia_storytelling_101.html

Desde esta perspectiva, tratar lo digital como un simple soporte al que trasladar contenidos preexistentes resulta insuficiente. Lo que está en juego no es solo dónde se cuenta una historia, sino cómo se articula y cómo puede ser habitada por quienes la reciben.

Las grandes tradiciones religiosas – y de manera particular el cristianismo – han desarrollado sus formas narrativas en contextos culturales muy distintos al actual. Se trata de formas profundamente vinculadas a la oralidad, a la liturgia como experiencia repetida y comunitaria, a una temporalidad más lenta y a una mediación institucional – muchas veces a través del texto escrito – que garantizaba continuidad y coherencia.

Como ha mostrado Walter J. Ong, las culturas orales y las culturas escritas no difieren únicamente en el medio que utilizan, sino en la estructura misma del pensamiento y de la narración.

👉 https://www2.hawaii.edu/~freeman/courses/phil360/16.%20Ong.pdf

Por su parte, Paul Ricoeur ha subrayado que la narrativa no es un simple vehículo de contenidos, sino una forma de organizar la experiencia del tiempo, de la identidad y del sentido.

👉 https://plato.stanford.edu/entries/ricoeur/

Esto es importante, porque significa que las formas narrativas religiosas no son intercambiables sin más. Están profundamente ligadas a las condiciones culturales en las que han surgido y se han transmitido.

El ecosistema digital introduce condiciones significativamente distintas. En él, el relato tiende a fragmentarse en piezas autónomas que circulan de manera independiente; la experiencia se acelera y se interrumpe constantemente; y la autoridad narrativa deja de estar concentrada en un único emisor para distribuirse entre múltiples voces.

Estas transformaciones no son superficiales. Afectan a la estructura misma de la narración y a las condiciones en las que puede ser comprendida.

Cuando una narrativa concebida para la continuidad, la repetición y la mediación institucional se inserta en un entorno fragmentado, acelerado y distribuido, es inevitable que surja una tensión. No se trata de un fallo puntual de comunicación, sino de un desajuste entre formas narrativas y condiciones culturales.

La adaptación como traducción incompleta

En este contexto, muchos esfuerzos de comunicación se orientan hacia la adaptación de formatos. Se intenta traducir la homilía al vídeo, la catequesis a publicaciones breves o la reflexión a contenidos compartibles.

Estos esfuerzos, en muchos casos, son valiosos y necesarios. Sin embargo, cuando la adaptación se limita al nivel formal, corre el riesgo de convertirse en una traducción incompleta. Se modifica el formato, pero no la lógica narrativa. El contenido permanece, pero pierde parte de su capacidad de generar experiencia significativa en el nuevo entorno. No porque haya perdido valor, sino porque ya no encuentra una forma adecuada de ser percibido y habitado.

Si el problema no es simplemente el medio, sino la forma de contar, el desafío cambia de naturaleza. Ya no se trata solo de adaptar contenidos, sino de reconfigurar su arquitectura narrativa de manera que puedan desplegar su sentido en un ecosistema distinto.

Esto implica, en primer lugar, aceptar que el relato ya no se recorre de manera lineal, sino que se reconstruye a partir de múltiples puntos de entrada. Implica también reconocer que, en muchos casos, la experiencia precede a la explicación, y que el acceso al sentido se produce más por implicación que por exposición.

Finalmente, supone asumir que el comunicador ya no es únicamente quien transmite un mensaje, sino quien articula un conjunto de fragmentos, contextos y voces para hacer posible una cierta coherencia.

El riesgo: pérdida de forma, no de contenido

Cuando esta reconfiguración no se produce, el problema no es simplemente que la comunicación sea menos eficaz. El riesgo es más profundo.

Las narrativas no desaparecen, pero pierden forma. Y cuando una narrativa pierde forma, pierde su capacidad de ser reconocida, de ser habitada y de ser transmitida. No es una pérdida de verdad, sino una pérdida de inteligibilidad.

El desafío contemporáneo de la comunicación religiosa no consiste únicamente en adaptarse a nuevos medios, sino en comprender que esos medios forman parte de un ecosistema narrativo distinto, que exige una reflexión más profunda.

Las narrativas religiosas no son obsoletas por ser antiguas. Pero pueden volverse difíciles de reconocer si no se rearticulan en las condiciones culturales actuales. Por eso, la tarea del comunicador hoy no es solo transmitir contenidos, sino contribuir a reconstruir las condiciones en las que esos contenidos pueden seguir siendo comprendidos como portadores de sentido.

En el próximo post intentaré aterrizar estas ideas de forma más práctica. Lo prometo.

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¿Puede pensarse la religión como un universo narrativo transmedia?